domingo, 17 de mayo de 2009

De Cusco a Machu Picchu en zig-zag.


El tren sale a las 6:05 de la mañana con rumbo a la estación de Aguas Calientes en Machu Picchu. Lo primero que me pregunto  es por qué haremos un recorrido de 112 kilómetros en casi cuatro horas. La respuesta no tarda en llegar: después de un breve rato de avanzar, el tren se va en reversa. Vuelve a avanzar, y otra vez en reversa. Por fin lo entiendo: por lo accidentado del valle cusqueño, el tren tiene que dejar la ciudad en zig-zag. 

No es el único detalle simpático. Después de recibirnos vestidos de gala, los empleados del Vistadome cambian su vestimenta por la de meseros y son los encargados de servirnos el desayuno, que incluye una necesaria y generosa dosis de té de coca. Más adelante, los mismos vuelven a cambiar de atuendo y, ahora, con chaleco y gorra, venden suvenires. Pero el punto culminante es cuando la música andina le abre espacio a ABBA y The Dancing Queen, tras el anuncio de un desfile de modas: los mismos empleados, hombre y mujer, el primero bastante avergonzado y la segunda en estado de éxtasis, desfilan por el pasillo con distintos modelos de lana y alpaca. 

La tierra del Valle Sagrado de los incas es roja. Es como si la tierra se hubiera tragado el fuego. Lo demás es verde, un verde que se trepa por las cimas de las montañas, sin dejar nada al descubierto. En la estación de Ollantaytambo hay un intercambio copioso de pasajeros: quienes descienden, con sus mochilas a cuestas, son quienes harán a pie el Camino del Inca: 43 kilómetros por las laderas y las cimas de los Andes, por un sendero de piedra que es la parte sobreviviente de una red de caminos de más de 3,000 kilómetros que los incas construyeron para conectar sus ciudades y sus valles.
Los que ascienden se suman a quienes somos más perezosos y comodinos, en busca de llegar a pronto a la tierra prometida.

Claro, semejante tierra tiene todavía obstáculos. Además de que, de vez en vez, un hombre baja a toda prisa del tren para cambiar la vía y dejar pasar al tren que viene de regreso, cosa que se lleva su rato, de la estación de tren a la ciudadela de Machu Picchu hay que subirse a un autobús que, además de desafiar a la gravedad por otro camino en zig-zag hacia la cima, se puede decir que los conductores son idénticos a los taxistas mexicanos: su audacia tiene características suicidas.

Todas esas dificultades, sin embargo, se borran en un instante. Es difícil encontrar las palabras adecuadas para describir la primera sensación al encontrarse de frente con esa imagen, tan vista siempre en las postales: la esplendorosa ciudadela de Machu Picchu, rodeada de nuebes y envuelta enter montañas de formas simétricas, perfectas, únicas.

Vilma, mi guía quechua, nos mira con la dicha de quien sabe que sus ancestros han cautivado para siempre a este par de viajeros que, atónitos, contemplan en silencio una ciudad construída 600 años atrás en una geografía imposible. Se pueden dedicar días enteros para recorrerla a detalle, sí, pero en mi grupo estiramos las horas con la ayuda de la temporada baja y con la sabiduría de Vilma, que nos despeja las incógnitas y nos lleva por un recorrido inteligente, primero por las magníficas terrazas de la zona agrícola, después por la zona urbana, con su sector civil compuesto por viviendas y canales y su sector sagrado, conformado por templos, plazas, mausoleos y casas reales. Y pensar que el hallazgo de la que es hoy una de las siete maravillas del mundo moderno, ¡fue un accidente!. 

Se dice que la ciudad fue abandonada en 1565, quizá porque los habitantes, temerosos de lo que los españoles habían destruido en Cusco y en todo el Valle Sagrado, sintieron que ya no era un lugar seguro. Aunque hay varias teorías controvertidas de quienes la encontraron desde siglos anteriores, no fue sino hasta julio de 1911 que Hiram Bingham hizo el descubrimiento científico del lugar, en una expedición apoyada por la Universidad de Yale y la National Geographic Society. El hallazgo fue una casualidad, dado que Bingham iba buscando la ciudad de Vilcamba, el último refugio de los incas y punto de resistencia final contra los españoles.

Hacia el final de la visita las nubes ya están encima y cubren todo. Ya ni siquiera es posible mirar el Huayna Picchu (la montaña Nueva). Y cae la lluvia, mientras nosotros intentamos beber las últimas gotas de ese milagro arquitectónico y ese paisaje místico. Es hora de bajar hacia el desordenado pueblo de Aguas Calientes, donde en el muy recomendable Inkaterra Machu Picchu nos espera un sauna andino, un masaje relajante en el UNU Spa fragancias naturales de menta, eucalipto, monte limón y orquídeas, para cerrar con broche de oro con la hora del pisco sour, ese trago sublime al que le debemos varios nuevos buenos amigos y una liga sentimental irrompible con este país entrañable e indomable.

Por Javier Martínez Staines, Director General de Editorial Televisa.  

 

1 comentario:

  1. Hola. No sé como vine a dar con tu blog y con este fragmento que alguna vez publiqué como crónica de viaje. Como sea, me halaga mucho que lo hayas elegido.
    Saludos,
    Javier

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